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En el llano infinito de Venezuela, cruzado por caños donde acecha el caimán y revuelan las garzas, florece siniestramente la hacienda de El Miedo, gobernada por Doña Bárbara, la cacica del llano, la devoradora de hombres. Por los más violentos medios se ha ido apoderando de las haciendas vecinas, extendiendo su dominio gracias a la arbitrariedad de los jefes políticos de la región, corrompidos por ella, y con la ayuda de sus secuaces, los tres hermanos Mondragones, asesinos a sueldo y depredadores de todo lo que viene a sus manos. Entre las haciendas violentadas se halla la de Altamira, propiedad de los Luzardo, cuya familia se halla extinguida por las luchas intestinas y los odios entre parientes, que solo ha dejado vivo a Santos Luzardo, último vástago de su rama. Santos es un hombre de ciudad, educado en leyes, que decide renunciar a un futuro lleno de promesas para internarse en Altamira y salvarla del abandono en que se encuentra, enfrentándose a la barbarie que envenena al llano.
Entre el abogado patiquín y señorito, como le llaman al principio sus peones, desconfiados de la finura de Santos, y la salvaje Doña Bárbara, se entabla una lucha sin cuartel. Poco a poco Santos Luzardo se revela como hombre de valor e inteligencia, capaz de defender sus derechos, decidido a implantar la ley en unas tierras desamparadas de toda organización cívica y en las que impera la ley del más fuerte. Es así como Doña Bárbara, sorprendida de sí misma, ve surgir en su corazón la pasión por su enemigo Santos Luzardo, que desarmará su crueldad y su odio a los hombres. ¿Pero de dónde nace este odio? ¿Cuáles son las raíces que sustentan la vida sombría de la cacica? Detrás de la devoradora de hombres hay una terrible historia de abusos. Solo ha conocido la brutalidad de un padre que la vendió cual mercancía, y de una cuadrilla de bandidos que asesinaron a su joven amado Asdrúbal y seguidamente abusaron de ella brutalmente siendo casi una niña. Fugada con una tribu de indios en la espesura de la selva Amazónica, cerca de donde nace el río Orinoco, se convierte en una fiera supersticiosa de perturbadora belleza, enemiga del varón, que se deleita en destruir, como en efecto ha hecho con múltiples amantes desde su llegada al llano apureño. "El amor de Asdrúbal fue un vuelo breve, un aletazo apenas, los destellos del primer sentimiento puro que albergó en su corazón, brutalmente apagado para siempre por la violencia de los hombres. Ya solo rencores podía abrigar en su pecho y nada la complacía tanto como el espectáculo del varón debatiéndose entre las garras de las fuerzas destructoras". Con aureola de bruja, adivina y dueña de poderes diabólicos, Doña Bárbara se impone por el terror. Pero hay algo no apagado para siempre en el fondo lejano de su corazón. "Tal era la famosa doña Bárbara: lujuria y superstición, codicia y crueldad, y allá en el fondo del alma sombría una pequeña cosa pura y dolorosa: el recuerdo de Asdrúbal, el amor frustrado que pudo hacerla buena". Frente a ella el doctor Luzardo emprende la recuperación de su hacienda y la educación de Marisela, una hija abandonada por la cruel mujerona, "que otros pechos tuvieron que amamantar porque no quiso ni verla siquiera."
Como a buen héroe épico, a Santos no le será suficiente para cumplir sus objetivos el razonamiento, ni la ley, ni la buena voluntad. Tendrá que vencer en una guerra que está a punto de introducirlo en el mundo de violencias que quiere precisamente erradicar y que es amargo recuerdo de la destrucción de su familia. Secundado por Pajarote, el leal capataz compañero de su infancia, que ve en él un caudillo nato (buen jinete, gran domador de caballos, certero tirador y hombre templado, "¡Llanero es llanero hasta la quinta generación!") emprende la ardua labor de cercar los linderos de su hacienda en un esfuerzo por derrotar la barbarie imperante. Doña Bárbara no puede menos que enamorarse de un hombre tan diferente a los que ella ha conocido: "La subyugaba aquella mezcla de dignidad y delicadeza que nunca había encontrado en los hombres que la trataran, aquella impresión de fortaleza y de dominio de sí mismo que trascendía del fuego reposado de las miradas del joven, de sus ademanes justos, de sus palabras netamente pronunciadas." Pero Santos Luzardo no es para la cacica. Está destinado al amor de Marisela, la muchacha transformada por la educación y el cariño, símbolo de noble superación y contrapuesta a la barbarie de su madre: "Marisela, canto del arpa llanera, la del alma ingenua y traviesa, silvestre como la flor del paraguatán, que embalsama el aire de la mata y perfuma la miel de las abejas."
Hay en Santos Luzardo un impulso civilizador, pero también la fascinación por la vida libre y magnífica del campo, a caballo por los caminos sin fin del llano, ese llano salvaje que lo atrae desde el fondo de su sangre. "Y de todo esto y por todas las potencias de su alma, abiertas a la fuerza, a la belleza y al dolor de la llanura, le entró el deseo de amarla tal como era, bárbara pero hermosa, y de entregarse y dejarse moldear por ella." Y hay en Doña Bárbara un doble impulso también, porque a raíz de su pasión por Santos se debaten en ella impulsos de renovación y repentinas ansias de bien. Consulta con los espíritus acerca de su destino, y estos profetizan que las cosas volverán al lugar de donde salieron. "¿Vuelve acaso el río a sus cabeceras?" replica ella con furia. El dilema que siente es superior a sus fuerzas, y resulta inmanejable para la mujerona. Con la misma frialdad de siempre, planifica el asesinato de Santos para aplacar sus sentimientos no correspondidos. Pero por una jugada del destino mata equivocadamente a Pajarote.
Después que Doña Bárbara se entera de que su hija no deseada, Marisela, bajo la protección de Luzardo, se ha convertido en toda una mujer, capaz de competir con ella, se siente derrotada y en un impulso asesino intenta matarla, pero no puede, ya que Marisela le recuerda a ella misma en un pasado muy lejano, cuando su amor por Asdrúbal fue callado despiadadamente. Finalmente se siente vencida por su hija, y por el amor verdadero entre ella y Santos Luzardo, por lo cual desaparece de la región del llano dejándole como herencia a Marisela todas las tierras que alguna vez ostentó. Algunos creen que se ha suicidado, mientras que otros dicen haberla visto navegando Orinoco arriba, rumbo a sus orígenes en lo más profundo de la selva, "más allá del Cunaviche, más allá del Cinaruco, más allá del Meta." Desaparece el nombre de El Miedo y ya todo será Altamira, quedando el camino abierto para los grandes sueños civilizadores.

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